En el imaginario colectivo del fútbol británico, nombres como Charlton, Banks o Moore, resuenan con fuerza y autoridad. Sin embargo, existe una figura cuya sombra es igual de alargada, pero que durante décadas fue borrada deliberadamente de los registros oficiales.
Se trata de Lily Parr, una mujer de casi un metro ochenta, fumadora empedernida y poseedora de un potente disparo capaz de fracturar el brazo de un portero. También destacó por su facilidad de cara a puerta, ya que según los registros de la época quedó muy cerca de anotar 1.000 goles. Su historia no es sólo la de un deportista excepcional, sino la de una pionera que se ha ganado su espacio en el Salón de la Fama del fútbol inglés en el National Football Museum de Manchester.
El estallido de las 'Munitionettes'
El origen del fútbol femenino moderno en Inglaterra no se gestó en academias de élite, sino en el fango y el hollín de la Primera Guerra Mundial. Con los hombres en el frente, las mujeres ocuparon los puestos en las fábricas de armamento. Las trabajadoras aprovechaban los descansos de sus largas jornadas para jugar al fútbol, deporte del que se enamoraron.
En este contexto surgieron las 'Dick, Kerr's Ladies', equipo formado en una fábrica de munición de Preston. Fue allí donde una adolescente de 14 años llamada Lily Parr, nacida en la comunidad obrera de St. Helens, comenzó a forjar su leyenda. Su debut no pudo ser más positivo, anotó un total de 43 goles en su primera temporada. Pero Parr no sólo era una goleadora implacable, era un espectáculo en sí misma.

La era de los estadios llenos
Para 1920, el fútbol femenino era un fenómeno social que rivalizaba en popularidad con el masculino. El 26 de diciembre de ese año, las Dick, Kerr's Ladies se enfrentaron al St. Helens Ladies en el Goodison Park de Liverpool ante 53.000 espectadores, quedando fuera de otros 14.000 por falta de espacio. Era la época dorada de Lily Parr, quien como antes comentábamos, escribió cerca de 1.000 goles en una carrera que se extendió durante tres décadas. Sin embargo, este éxito fulgurante despertó mucho recelo en las estructuras de poder. La mismísima Football Association (FA) comenzó a ver a estas mujeres como una gran amenaza económica y moral.
La traición de la Asociación de Fútbol
El 5 de diciembre de 1921, la FA perpetró un acto de sabotaje un tanto cuestionable. Mediante un comunicado oficial, prohibió a sus clubes miembros el derecho de ceder sus estadios para partidos femeninos, alegando que el fútbol era "completamente inadecuado para las mujeres". Este veto, además de repercutir negativamente al desarrollo del fútbol femenino, también buscaba asfixiar financieramente a un movimiento que donaba gran parte de sus recaudaciones a causas benéficas y sindicatos mineros. De la noche a la mañana, Lily Parr y sus compañeras pasaron de jugar en algunos de los templos del fútbol inglés, para jugar en simples campos comunales y parques públicos.
Un legado de resistencia
A pesar del exilio institucional, Lily Parr jamás colgó las botas. Lideró varias giras internacionales por países como Francia o Estados Unidos, donde incluso llegaron a derrotar a equipos masculinos. Lily Parr continuó jugando hasta los 45 años. Su vida fuera del campo también fue valiente, ya que vivió abiertamente su homosexualidad junto a su pareja en una época de profunda represión social.
A día de hoy, la estatua de Lily Parr custodia la entrada del Museo Nacional del Fútbol, recordándonos que el fútbol femenino no es una moda reciente, sino una reconquista. Su presencia allí es mucho más que un homenaje póstumo, es la reparación de una injusticia que duró medio siglo. Ni los vetos institucionales pudieron frenar el impacto de aquella trabajadora de Preston que sólo quería divertirse y jugar al fútbol. Lily Parr no sólo marcó goles, marcó el camino para que un siglo después, el fútbol sea simplemente fútbol, sin importar quién lo juegue.
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