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El extraño caso de las jeringuillas en 'El Milagro de Berna'

El extraño caso de las jeringuillas en 'El Milagro de Berna'

El 4 de julio de 1954, la final de la Copa del Mundo en el Wankdorfstadion de Berna permitió presenciar uno de los resultados más inesperados en la historia del fútbol. La selección de Alemania Occidental derrotó por 3-2 a Hungría, un equipo que pasaba por una racha de cuatro años invicto y llegaba como claro favorito. Con figuras de la talla de Ferenc Puskás, Sándor Kocsis y Nándor Hidegkuti, entre otros, los húngaros practicaban un juego táctico muy avanzado para la época. De hecho, en la fase de grupos de ese mismo torneo, Hungría ya se había impuesto ante los alemanes con un contundente 8-3, gracias al póker de Sándor Kocsis.

El día del partido, en aquella final de 1954 y bajo una intensa lluvia, Hungría se puso con una ventaja en el marcador de 2-0 en los primeros ocho minutos gracias a los tantos de Puskás y Czibor. A pesar del dominio técnico de los húngaros, el equipo alemán mostró una resistencia física superior durante el resto del encuentro. Lograron empatar antes del descanso y, en el tramo final, Helmut Rahn anotó el 3-2 definitivo. El resultado supuso un impacto social enorme para una Alemania en plena reconstrucción de posguerra. Esta gesta fue bautizada para la posteridad como el 'Milagro de Berna', aunque la explicación de aquel rendimiento físico dio un giro radical con el paso de los años.

El origen de las sospechas comenzó en el propio vestuario del estadio. Tras la celebración, un encargado de la limpieza encontró decenas de jeringuillas vacías en la zona que había sido ocupada por los futbolistas alemanes. El médico del equipo, Franz Loogen, declaró entonces que se trataba de unas simples inyecciones de vitamina C y glucosa para facilitar y acelerar la recuperación de los jugadores. Esta versión se mantuvo durante décadas, asociada también a otros factores técnicos como las botas con tacos intercambiables desarrolladas por Adi Dassler, que favorecieron el agarre sobre el césped embarrado.

Sin embargo, el historial clínico de la plantilla comenzó a contradecir la versión de las vitaminas pocas semanas después del torneo. La mayoría de los futbolistas que jugaron la final contrajeron ictericia de forma simultánea. Figuras como Richard Herrmann o Alfred Pfaff desarrollaron problemas hepáticos graves debido a una epidemia de hepatitis infecciosa. El caso de Herrmann fue el más trágico; el jugador alemán falleció con apenas 39 años debido a una cirrosis derivada de este brote. La posterior investigación médica concluyó que el contagio fue el resultado directo de utilizar agujas compartidas o mal esterilizadas durante las infiltraciones en los vestuarios de Berna.

La confirmación científica de lo ocurrido llegó en el año 2010 a raíz de un estudio respaldado por el Instituto Federal de Ciencias Deportivas alemán y realizado por el historiador Erik Eggers, de la Universidad Humboldt de Berlín. El informe determinó que los futbolistas no recibieron vitamina C, ya que no tenía sentido inyectarla pudiendo ingerirse de forma natural, sino Pervitin, un estimulante basado en la metanfetamina. Esta sustancia había sido investigada y utilizada regularmente para mejorar el rendimiento de los soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. El estudio probó que la investigación sobre las anfetaminas continuó en la República Federal de Alemania sin interrupción después de la posguerra. Aplicado al fútbol, el Pervitin permitió a los jugadores mantener la intensidad física sobre el barro sin percibir el agotamiento real.

A pesar de la gravedad de los hallazgos, el resultado deportivo nunca estuvo en riesgo. En 1954 no existían los controles antidoping en el fútbol, una medida que la FIFA no introdujo de forma oficial hasta el Mundial de Inglaterra 1966. Al no existir una norma que prohibiera el uso de estas sustancias en aquel momento, Alemania Occidental conservó su título. El partido permanece en los archivos oficiales como el nacimiento deportivo de la Alemania moderna, aunque los documentos históricos determinan que el resultado final estuvo condicionado por factores médicos externos al juego. Setenta años después, el Wankdorfstadion sigue simbolizando el día en el que la pizarra y el talento chocaron contra la ciencia de laboratorio, transformando un mito puramente futbolístico en el primer expediente abierto sobre el dopaje sistemático.

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